La ética selectiva no existe. Solo existe la ética. Punto.

Durante años escuché en reuniones de directorio frases como: «aquí hay que ser pragmático» o «los negocios son los negocios». Como si el mundo de las empresas tuviera sus propias reglas morales. Como si uno pudiera ser íntegro en casa y flexible en la oficina.
No funciona así.
La persona que miente en un contrato también miente en casa. La que manipula a su equipo también manipula a sus hijos. La que hace trampa en los números también hace trampa en las relaciones.
No porque sea mala persona. Sino porque la ética no es un traje que uno se pone según la ocasión. Es la columna vertebral. O está en todo, o no está en nada.
Maxwell lo dice de forma brutal en su libro La Regla de Oro: intentar tener una ética para los negocios y otra para la vida personal es como intentar tener dos columnas vertebrales. El cuerpo no funciona así.
La pregunta que me hago cada vez que enfrento una decisión difícil es simple:
¿Haría esto frente a mi hijo?
Si la respuesta es no, ya sé lo que tengo que hacer.
La coherencia no es un lujo filosófico. Es la única base que no se cae cuando todo lo demás se tambalea.
¿En qué parte de tu vida sientes que aplicas una ética distinta a la que predicas?
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